Desde mi rincón de boomer disfrazado de X y con la edad de un millennial, voy a opinar sobre algo de lo que, efectivamente, nadie me pidió opinión. Pero aquí estamos. La llamada “cultura de la cancelación” —ese mecanismo por el cual una persona, una obra o una institución es sometida a ostracismo público masivo como castigo a declaraciones o comportamientos considerados inaceptables— se ha vuelto uno de los fenómenos más ruidosos y menos analizados de nuestra era digital. Y eso, de entrada, ya es un problema.
Mi postura es simple y probablemente impopular: la cultura de la cancelación me parece absurda y peligrosa. Absurda porque quien cancela suele ser el primero en reproducir aquello que condena. Peligrosa porque es censura disfrazada de justicia social, sin análisis de fondo, sin alternativa real, sin espacio para el diálogo. Es, para decirlo en términos clásicos, la misma hipocresía de siempre con distinta etiqueta.
I. La doble moral de los nuevos censores
Empecemos por lo más evidente: la inconsistencia. La mayoría de quienes exigen cancelar productos culturales del pasado —películas, canciones, personajes animados— son las mismas personas que bailan y cantan, sin el menor reparo, canciones que objetivizan, degradan o amenazan. Bad Bunny es solo un ejemplo, el más obvio, pero la lista es larga. No se trata de atacar a ningún artista en particular; se trata de señalar la asimetría: ¿por qué un dibujo animado de los años cincuenta merece ser borrado de la faz de la tierra, pero una canción de 2023 con exactamente el mismo contenido simbólico se convierte en himno generacional?
Michel Foucault ya lo describía con precisión quiriana al analizar la moral victoriana: la sociedad condena públicamente lo que practica en privado (Foucault, 1976). La corte de Versalles perseguía la sodomía con el código penal y la practicaba en sus salones. No es una comparación nueva ni caprichosa: es la misma estructura, el mismo mecanismo, el mismo circo. Lo que cambia es el escenario; ahora son las redes sociales.
Jürgen Habermas argumentó que la esfera pública democrática requiere coherencia argumentativa: no se puede pedir razonamiento honesto desde la incoherencia (Habermas, 1981). Y la cancelación selectiva es, por definición, incoherente. El criterio no es ético; es tribal. Lo que canceló tu bando no se toca; lo que canceló el bando contrario merece defensa inmediata. Así no se construye ningún discurso, y mucho menos uno que aspire a transformar algo.
II. Censura reactiva: el peligro de actuar sin pensar
Pero hay algo más grave que la hipocresía: el método. La cancelación no es una opinión negativa ni una reseña crítica. Es la exigencia de que algo o alguien desaparezca del espacio público. Es, funcionalmente, censura. Y la censura, sin importar el contenido que suprima ni las buenas intenciones que la animen, produce efectos que van mucho más allá del objeto cancelado.
Martha Nussbaum ha insistido en que las democracias necesitan ciudadanos capaces de convivir con ideas que los incomodan, porque es precisamente en ese malestar donde empieza el pensamiento crítico (Nussbaum, 2010). Una sociedad que solo tolera lo que ya acepta no piensa; solo confirma. La cancelación reactiva —la que responde al impacto emocional de un tuit antes de que exista cualquier reflexión— elimina ese malestar productivo y lo reemplaza por la comodidad estéril del consenso forzado.
Y aquí viene lo que nadie quiere admitir: la cancelación no propone nada. No ofrece una lectura alternativa, no construye un marco interpretativo, no genera ningún puente hacia la comprensión. Exige la desaparición y punto. Es exactamente lo mismo que intentar corregir el comportamiento agresivo de un niño a golpes: el método replica la lógica que pretende corregir. Byung-Chul Han lo llama la trampa de la “sociedad de la transparencia”: al exigir visibilidad y corrección absolutas, terminamos produciendo conformismo y aplastando la otredad que hace posible cualquier cultura viva (Han, 2012). La cancelación no es un síntoma de una sociedad más consciente; es un síntoma de una sociedad que ya no sabe tolerar la complejidad.
III. La comedia como espéculo crítico, o por qué no deberíamos callar la risa
Uno de los daños más concretos y menos discutidos de la cultura de la cancelación es lo que le está haciendo a la comedia. Y esto importa, porque la comedia no es simplemente entretenimiento: es uno de los mecanismos más antiguos que tienen las sociedades para mirarse a sí mismas, burlarse de sus propias miserias y procesar, vía el humor, lo que de otra manera sería insoportable.
Henri Bergson observó que la risa es esencialmente crítica: nos reímos de aquello que se petrifica, que se vuelve rígido, que se comporta como máquina donde debería haber vida humana (Bergson, 1900). La comedia expone los vicios colectivos —la hipocresía, la brutalidad, el ridículo del poder— y los pone en escena para que los reconozcamos. Pepe le Pew, ese zorillo que no entiende una negativa, es el ejemplo que me parece perfecto: hay quien lo lee como normalización del acoso y hay quien lo lee como una burla brutal, casi cruel, del galán obsesivo e inepto. La diferencia no es menor. Depende de si el espectador tiene o no las herramientas para leer lo que ve. Y ahí está el problema real: no en el personaje, sino en la falta de educación crítica.
Muchos otros personajes y productos culturales que han “revivido” gracias al escrutinio cancelador habían caído naturalmente en el olvido. La cancelación los resucitó. Les dio más visibilidad de la que jamás hubieran tenido por sus propios méritos. Si el objetivo era suprimir su influencia, el resultado fue exactamente el contrario. Cancelar la comedia porque incomoda es desmantelar el termómetro porque marca fiebre. La representación no es el problema; es el espejo. Y lo que el espejo muestra sí lo es.
IV. Educar y concientizar: algo muy distinto de censurar
Que haya comportamientos socialmente dañinos normalizados en muchos productos culturales, pasados y presentes, es un hecho. No lo discuto. Lo que discuto es el método para enfrentarlos. Y aquí la diferencia entre censura y educación crítica no es un matiz: es un abismo.
Paulo Freire, cuya pedagogía crítica sigue siendo uno de los marcos más lúcidos para pensar la educación transformadora, decía que el objetivo no es proteger al educando del mundo, sino dotarlo de las herramientas para transformarlo (Freire, 1970). Desde esa perspectiva, la cultura de la cancelación es una pedagogía del miedo: enseña a esquivar la incomodidad, no a procesarla. Sustituye el análisis por la reacción emocional. Y una sociedad que reacciona sin analizar no se transforma; solo se polariza.
Pretender que por medio de la censura la sociedad mejora es aplaudir los métodos de Franco, o los de aquel buen sacerdote que, después de violar a un niño, pide que no se hable del tema para no enturbiar las mentes de sus feligreses. El paralelismo no es gratuito: en todos esos casos, la lógica es idéntica. Se suprime la representación del problema para no tener que enfrentarlo. Se borra la conversación para no tener que dar las explicaciones incómodas. Y el problema, claro, sigue ahí.
La alternativa no es la permisividad sin límites. Es la cultura del análisis, del contexto, del debate. Es la diferencia entre enseñar por qué ciertas representaciones son problemáticas y en qué momento histórico surgieron, frente a exigir que desaparezcan como si borrando la imagen se borrara también la condición social que la produjo.
Cierre, o lo que pienso aunque nadie me lo haya preguntado
La cultura de la cancelación nace, en muchos casos, de hartazgos legítimos. El cansancio ante la impunidad, la necesidad de que ciertas voces sean escuchadas, la urgencia de nombrar lo que por décadas fue silenciado. No estoy cuestionando eso. Estoy cuestionando el instrumento. Porque el instrumento es defectuoso: opera desde la doble moral, produce censura sin reflexión, polariza sin posibilidad de diálogo, y le hace un daño real a la comedia crítica, que es uno de los pocos mecanismos que tenemos para reírnos de lo que somos antes de intentar ser otra cosa.
Foucault tenía razón en algo más: el poder no solo reprime, también produce. La cancelación no produce pensamiento crítico; produce silencio y resentimiento. Y en ese silencio no crece la justicia ni la equidad: crece exactamente lo que dices querer combatir.
La sociedad que queremos —más justa, más consciente de sus propios vicios— no se construye borrando su pasado ni enmudeciendo sus contradicciones. Se construye mirándolas de frente, riéndose de ellas cuando la risa alcanza, y entendiéndolas cuando el humor no es suficiente. Eso es educación. Lo otro, con todo el respeto del mundo por las buenas intenciones, es censura.
Referencias
Bergson, H. (1900). Le rire: Essai sur la signification du comique. Félix Alcan.
Foucault, M. (1976). Histoire de la sexualité, vol. 1: La volonté de savoir. Gallimard.
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Habermas, J. (1981). Theorie des kommunikativen Handelns (Vols. 1–2). Suhrkamp. [Trad. esp.: Teoría de la acción comunicativa. Taurus, 1987]
Han, B.-C. (2012). Transparenzgesellschaft. Matthes & Seitz. [Trad. esp.: La sociedad de la transparencia. Herder, 2013]
Nussbaum, M. C. (2010). Not for profit: Why democracy needs the humanities. Princeton University Press. [Trad. esp.: Sin fines de lucro. Katz Editores, 2010]
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