martes, 12 de octubre de 2010

A veces

Hay algo que me duele, muy profundo, aquí dentro, en centro de mi alma. No se trata de tu ausencia vida mía y tampoco es la muerte a la que me abrazo cada día.
Es lago, no sé qué cosa, pero lleva tiempo agazapado en entre mis sueños, gana fuerza poco a poco y destroza mis deseos.
Agudo como una espina se entierra a cada paso y en cada intento de huída me atrapa, me derrumba y me encierra en esta angustia sin salida.
No hay en este dolor recuerdo alguno que me de una pista de su origen o su cura, pero está allí, clavado clavado en el fondo de mi pecho desangrando mi cordura.
Quisiera llorar y mandarlo lejos, fuera de mí, tirarlo como uno hace con todo lo que no sirve, olvidarlo como los recuerdos de la infancia; pero me faltan fuerza y llanto y me sobra toda esta costumbre idiota de lidiar con todo sin buscar apoyo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El 07

Es increíble lo que uno se puede encontrar en el andar diario de la ciudad. Existen entre la fauna citadina desde los tipos más simples y comunes hasta los personajes más complejos que uno pueda imaginar.

Hoy, mientras viajaba en esos camiones articulados, que nuestro ayer Jefe de Gobierno y hoy “Presidente Legítimo” tuvo a bien instalar sobre Insurgentes para revolucionar el transporte público y colocarnos en el nivel primermundista que nos merecemos, había entre el “ganado” (del que yo orgulloso ciudadano primermundista formaba parte) un individuo que en estos tiempos de prisas y desempleo, de aumento absurdo a los impuestos y conformidad forzada, parecía venido de otro planeta.

Su estatura rebasaría con trabajo el metro sesenta y su regordeta figura estaba ataviada con una guayabera que lucía estampada la frase “Soy el mexicano más feliz”. Sin embargo, no es esta leyenda lo que me llamó la atención de tan simpático personaje. Lo que realmente hizo que pasara mi mirada sobre él fue que, entre los empujones de las personas que luchaban por ganarse un lugar ante la puerta y los estorbos que nunca faltan, la voz cascada por los años o, quizá por el inminente sobre peso, del “mexicano más feliz”, tomó por asalto y a traición la mala voluntad de todos aquellos que pretendían bajar del camión a empujones.

-Muy buenos y bonitos días. Yo me despido pero antes les digo que le echen ganas. Sean guapos y felices. Porque, ¿para qué andar desde el inicio del día con cara de granaderos mal pagados? No señores, mi gente bonita sean felices y sonrían, sean guapos y que tengan un hermoso día.

Contrario a lo que yo pensaba, el silencio se apoderó de la oruga mecánica y tras unos segundos algunas voces respondieron con un gracias. Los empujones cesaron y un “hombre” de escasa, pero bien peinada cabellera color rubio platino, dijo:

- Gracias mi 07. No había visto que venías aquí.

- Pues sí. Aquí vengo y estoy por bajar. En serio y se los repito a todos; échenle ganas y no empiecen su día con cara de granaderos mal pagados…

Las puertas se abrieron. Por primera vez en todo el tiempo que llevo de utilizar nuestro eficientísimo metrobús, vi que la gente descendía en orden y sin empujones.

“El mexicano más feliz”, también llamado “el 07” bajó del camión dejando tras de él algunas caras que no sé si por desconcierto o reflexión, habían cambiado su semblante de fastidio por uno sonriente. Yo mismo sonreía mientras me formulaba la siguiente pregunta ¿será que aún hay gente buena?

Isaac Romero
Ciudad de México
28 de octubre de 2009

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Escribir el llanto

Escribir el llanto es tan inútil como gritar a oídos sordos, es querer anular el dolor con ungüentos de saliva mezclada con recuerdos, o tratar de calmar la angustia con alegrías ajenas y sonrisas prestadas. Es cobijarse del frío con sueños y esperanzas robadas.
Escribir el llanto es este intento absurdo de borrar el pasado y desvanecer las heridas que te han marcado el alma y el pecho. Es un continuo correr entre las sombras sin llegar a ningún lado, tropezando siempre con los mismos huesos y los mismos escombros olvidados.
Escribir el llanto es la suplica patética que el corazón lanza por medio de las palabras para acabar con su agonía. Es pretender que la vida sigue así como si nada, a pesar del sufrimiento y de esta tortura diaria que es mirarse en el espejo y descubrir que uno está solo, solo como un muerto.

Isaac Romero
Septiembre 2009

viernes, 6 de agosto de 2010

SE MI NOCHE

De luna está hecha tu piel,
el cielo obscuro
pinta tu cabello,
con estrellas se alimenta tu mirada
y con suavidad de nube
besas en secreto.

Toma mi mano
vayámonos mar adentro,
haz con las olas tu espejo
y con su espuma
modela mis sueños.

Se la noche
que cobija mi anhelo
y deja que me hunda en tus labios
para librarme del tormento
de ver como amanece
lejos de tus brazos.

jueves, 29 de julio de 2010

LA ESPERA

Ya llegará
lenta y tranquila
como la noche.
Ha de besar tus labios
para saciar tu sed
con su dulce aliento
y libará tu oído
con su alegre canto
para brindarte alivio.
Con ternura inmensa
acariciará tu rostro
y te llevará al olvido
cerrará tus ojos
y terminará tu espera.

martes, 27 de julio de 2010

ENTRE TODAS LAS MUJERES

Entre todas las mujeres
a ti te prefiero
porque besas sin culpa ni melancolía
y no ves con recelo
mi caricia furtiva.

Entre todas las mujeres
es a ti a quien quiero
porque me ofreces tu lecho
y desnudas tu carne
para brindarme consuelo.

Entre todas las mujeres
sólo a ti te venero
porque ofrendas tu cuerpo
a la pira encendida
de mi azaroso deseo.

Entre todas las mujeres
es a ti a la que espero
porque es tu ardor
lo que alimenta mi alma
y lo que inflama mi anhelo.

Entre todas las mujeres
sólo a ti yo me entrego
porque es en tu boca
donde nacen mis sueños
y es en tu carne
que se engendran mis versos.

Isaac Romero
5 de marzo 2012

martes, 2 de marzo de 2010

ZOOM IN

A distancia parece un cuadro bello. El azul profundo del cielo, matizado por la luz ámbar de la luna, se funde en el horizonte con el lago. Los árboles cubren con sombras el valle, a primera vista una noche en calma. Una noche más.
Alrededor del estanque un grupo de piedras muestran su filo pese a la hierba que ha crecido en su entorno. Finos ríos de un líquido grana y espeso cubren parte del camino de terracería y se pierden tras una línea de pasto crecido.
Ella está ahí. Su cuerpo, blanco y delgado, descansa sobre el heno teñido de rojo. Las piernas ligeramente separadas muestran, sin pudor, su sexo aún tibio y húmedo. Los brazos desfallecidos caen, con suavidad, a los costados del exquisito cadáver, dejando expuestos sus delicados senos. Parecería que sólo duerme, sin embrago, los ojos abiertos de la joven reflejan, como si de espejos se trataran, mis manos. Estas manos bañadas otra vez en sangre.