jueves, 23 de septiembre de 2010

El 07

Es increíble lo que uno se puede encontrar en el andar diario de la ciudad. Existen entre la fauna citadina desde los tipos más simples y comunes hasta los personajes más complejos que uno pueda imaginar.

Hoy, mientras viajaba en esos camiones articulados, que nuestro ayer Jefe de Gobierno y hoy “Presidente Legítimo” tuvo a bien instalar sobre Insurgentes para revolucionar el transporte público y colocarnos en el nivel primermundista que nos merecemos, había entre el “ganado” (del que yo orgulloso ciudadano primermundista formaba parte) un individuo que en estos tiempos de prisas y desempleo, de aumento absurdo a los impuestos y conformidad forzada, parecía venido de otro planeta.

Su estatura rebasaría con trabajo el metro sesenta y su regordeta figura estaba ataviada con una guayabera que lucía estampada la frase “Soy el mexicano más feliz”. Sin embargo, no es esta leyenda lo que me llamó la atención de tan simpático personaje. Lo que realmente hizo que pasara mi mirada sobre él fue que, entre los empujones de las personas que luchaban por ganarse un lugar ante la puerta y los estorbos que nunca faltan, la voz cascada por los años o, quizá por el inminente sobre peso, del “mexicano más feliz”, tomó por asalto y a traición la mala voluntad de todos aquellos que pretendían bajar del camión a empujones.

-Muy buenos y bonitos días. Yo me despido pero antes les digo que le echen ganas. Sean guapos y felices. Porque, ¿para qué andar desde el inicio del día con cara de granaderos mal pagados? No señores, mi gente bonita sean felices y sonrían, sean guapos y que tengan un hermoso día.

Contrario a lo que yo pensaba, el silencio se apoderó de la oruga mecánica y tras unos segundos algunas voces respondieron con un gracias. Los empujones cesaron y un “hombre” de escasa, pero bien peinada cabellera color rubio platino, dijo:

- Gracias mi 07. No había visto que venías aquí.

- Pues sí. Aquí vengo y estoy por bajar. En serio y se los repito a todos; échenle ganas y no empiecen su día con cara de granaderos mal pagados…

Las puertas se abrieron. Por primera vez en todo el tiempo que llevo de utilizar nuestro eficientísimo metrobús, vi que la gente descendía en orden y sin empujones.

“El mexicano más feliz”, también llamado “el 07” bajó del camión dejando tras de él algunas caras que no sé si por desconcierto o reflexión, habían cambiado su semblante de fastidio por uno sonriente. Yo mismo sonreía mientras me formulaba la siguiente pregunta ¿será que aún hay gente buena?

Isaac Romero
Ciudad de México
28 de octubre de 2009

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Escribir el llanto

Escribir el llanto es tan inútil como gritar a oídos sordos, es querer anular el dolor con ungüentos de saliva mezclada con recuerdos, o tratar de calmar la angustia con alegrías ajenas y sonrisas prestadas. Es cobijarse del frío con sueños y esperanzas robadas.
Escribir el llanto es este intento absurdo de borrar el pasado y desvanecer las heridas que te han marcado el alma y el pecho. Es un continuo correr entre las sombras sin llegar a ningún lado, tropezando siempre con los mismos huesos y los mismos escombros olvidados.
Escribir el llanto es la suplica patética que el corazón lanza por medio de las palabras para acabar con su agonía. Es pretender que la vida sigue así como si nada, a pesar del sufrimiento y de esta tortura diaria que es mirarse en el espejo y descubrir que uno está solo, solo como un muerto.

Isaac Romero
Septiembre 2009