jueves, 21 de mayo de 2009

ME GUSTAS MUJER


A Nicthe.


Me gustas mujer bajo la lluvia

porque la ropa mojada se ciñe mejor a tu figura

y desata aún más fuerte este deseo

de acariciar tu piel desnuda.


Me gustas mujer cuando la lluvia cesa

porque el cielo se despeja en tu mirada

y sólo queda tras el viento frío

tu cuerpo que tiembla abrazado a mío.


Me gustas mujer bajo el sol de medio día

porque tu caricia es frescura

que ahuyenta de mi alma herida

el sopor de la nostalgia

y la aridez de mi melancolía.


Me gustas mujer en invierno y en verano

en otoño y primavera

porque tu amor es dulce fruto que no escasea

y es que tú me gustas mujer de cuaquier manera


Isaac Romero
Ciudad de México

21 de mayo 2009

jueves, 7 de mayo de 2009

LA VIDA

Hace mucho tiempo que no miraba por la ventana. Años atrás era común que pasara la tarde espiando la calle con la ingenuidad de quien cree que afuera es donde se oculta la vida. Así lo creía yo.
Me gustaba observar el movimiento de las hojas de los árboles en su bailar nostálgico con el viento, la prisa con la que los peatones recorrían las aceras sin sospechar que yo, desde la seguridad de mi ventana, les observaba como un dios que creaba historias nuevas a partir de ellos.
Sí, para mí la vida estaba allá afuera, en los gestos de fatiga de la señora que volvía por tercera ocasión del mercado cargando una bolsa repleta de vegetales, en ese niño que disfrutaba pasar con su bicicleta entre los charcos de agua que la lluvia dejaba tras su paso, en el anciano que cada tarde salía con su silla de ruedas a tomar una siesta bajo el sol, en la pareja que caminaba abrazada sin pensar en otra cosa que en su felicidad, en la niña que regresaba a casa llorando con un raspón en la rodilla, en los esposos que jugaban a engañarse mutuamente y con descaro, en el borrachito que pasaba la noche tirado junto al faro de luz, en el joven que caminaba junto a su perro por las tardes, en los niños que jugaban al fútbol mientras no circularan carros...
Sí definitivamente la vida estaba allá, donde yo no me atrevía a estar, donde mis temores dictaban que era mejor la seguridad del hogar.

Con los años, los gestos de la señora al regresar del mercado se volvieron aterradores, su rostro no sólo reflejaba la fatiga del día, si no de toda una vida rutinaria y monótona. El niño creció y dejó de jugar con su bicicleta, el anciano murió sin que yo me percatara de ello hasta tiempo después, la pareja que solía ver como personificación del amor y la felicidad había terminado por dejarse tras una discusión llena de reproches y lágrimas, la niña lloraba esta vez por una desilusión amorosa, los esposos infieles se reconciliaron y dejaron que la costumbre empañara su pasión, el borracho buscó otra esquina donde dormir, el joven y su perro cambiaron de casa, los niños ya no eran niños y preferían beber cerveza afuera de una tienda que patear el balón. La vida que conocía dejó de existir, yo mismo descubrí que había crecido, y que ya no tenía sentido observar por la ventana.

Mi adolescencia pasó sin que yo me percatara bien de ella, aislado la mayor parte del tiempo,terminé por convertirme en una especie de autómata que asistía a la escuela por obligación, y al que sólo consolaban los libros.
Al descubrir la literatura, creí haber encontrado el sitio donde la vida corrió a esconderse. De nuevo estaba observando las historias de otros desde la seguridad que suponía mi casa.
Cuando entré a la preparatoria mi comportamiento melancólico y poco amigable causó burlas y atropellos a los que no prestaba mucha atención, la vida estaba en mis manos, o al menos eso creía y lo seguí creyendo hasta que salí de la universidad, hasta que apareció Ella.
Debido a mi carácter nunca tuve muchos amigos, los que poseía no entendían mi obsesión por los libros, pero me respetaban. Sí, había sufrido los descalabros normales que suponen las relaciones de pareja, pero ninguno fue realmente significativo. Mis sueños y aspiraciones estaban en otro lado, estaban en seguir observando la vida sin dejar que esta me tocara.

Ella vino a cambiar todo. Yo sabía el significado de las palabras pasión, amor, deseo, celos, ansiedad, ira... pero nunca los había experimentado. Hasta ese punto, las únicas emociones que había sentido eran la angustia y la soledad.
No contaré aquí una historia de amor, básteme decir que Ella vino a quitarme el paño con el que felizmente me había cubierto los ojos años atrás y me mostró el mundo del cual yo venía huyendo. El mundo donde yo era un personaje vivo y no un observador.

Ahora mis temores son mayores que antes, la angustia tomó una dimensión impensable. Reconocí de un golpe la monotonía de mi propia existencia, la carencia de anhelos que gobernaba mi voluntad y el vacío que siempre presentí, pero que no me atrevía a enfrentar.

Hoy vuelvo a mirar por la ventana y reconozco que la vida no está allá afuera. Observo con atención mis libros y comprendo que tampoco es allí donde se esconde. En este momento me doy cuenta que la vida está dentro de mí y tengo miedo, un miedo real a que mi vida no sea más que la repetición de una triste historia ya contada mil veces, que no sea más que el cliché del escritor que a los cuarenta se siente harto de su miserable existencia por que se da cuenta que está solo; porque al mirar por la ventana de su vida no encuentra más que su Ego retorciéndose de dolor ante su incapacidad de amar. Me niego a envejecer buscando en lo que otros poseen lo que yo dejé escapar.
Quizá por eso miro por la ventana, pues sólo es cuestión de minutos para que Ella llame a la puerta y llene mi alma con su sonreír.

miércoles, 6 de mayo de 2009

De nuevo el insomnio, de nuevo el bufón

Escribo porque no encuentro otra forma de entenderme. Me siento frente al ordenador y dejo que mis manos interactúen con el teclado. Posiblemente sólo mato el tiempo (que frase tan estúpida ¿Cómo matar algo que no está vivo?).
De cualquier manera escribo para pasar la noche, hacer breve el tiempo de espera entre mi insomnio inútil y la actividad diaria que espanta el poco sueño que me queda.
Quizá sólo es que tengo miedo a quedarme dormido y necesito hacer algo para distraerme, para no pensar en lo que mi cabeza tiene guardado... para no soñar de nuevo.
Últimamente soñar se me ha vuelto un infierno, uno de esos infiernos personales que se alimenta de mis temores, de mis frustraciones y de mis odios.
El día de hoy, o mejor dicho está madrugada, dicho infierno ha tomado una forma definida y un rostro conocido. Lo peor de todo es que no puedo combatir, esta vez no puedo defenderme porque no han sido solo suposiciones que mi imaginación crea para alejarme de lo que amo; no, esta vez es algo real, o mejor dicho fue... simplemente hoy perdí algo en el camino.
Mi cuerpo dicta que es hora de dormir aunque no quiera, pero ¿no hizo lo mismo todo el día para indicarme que tenía que comer algo y lo ignore? ¿Por qué no puedo ignorar el cansancio como ignoro el hambre?
De cualquier forma lo hecho ya no puede deshacerse, así que sólo queda encarar la vida con mi mejor disfraz y el maquillaje de bufón imbécil que juré no volver a utilizar, quizá de esta manera no me hieran sus comentarios y no me humille tanto su risa...

lunes, 4 de mayo de 2009

INSOMNIO

Hay padecimientos que cargo desde pequeño, uno de ellos – quizá el más molesto y antiguo – es el insomnio.

Pocas veces, desde que recuerdo, he conseguido dormir profundamente y de manera reparadora. Cuando niño era casi inevitable que despertara llorando y completamente asustado en mitad de la noche debido a mis pesadillas. Noche tras noche era la misma escena: un grito de auxilio que despertaba a mis padres, mi madre intentando tranquilizarme y mi padre enfurecido tratando de encontrar un remedio a la situación.

El único “ remedio” que encontraron fue enviarme al psicólogo (esto, muy a pesar de la poca fe que mi padre tiene en la psicología y a la vergüenza que sentía mi madre ante el hecho de que su único hijo fuera visto como un loco en potencia). Como era de esperarse, el resultado fue una aparente cura . No es que yo dejara de tener pesadillas, es que mi repulsión ante ese ser que cada tercer día me observaba como si yo fuera un juguete para armar y mover a su antojo era tan grande que decidí fingir que no pasaba nada y aprender a guardar silencio por las noches.

Así dormía algunas horas, hasta que un sobresalto me despertaba, después conciliar el sueño era un acto casi imposible. Me acostumbre a mirar el amanecer a través de la ventana de mi cuarto, a levantarme antes que todos en la casa con la justificación de que quería llegar temprano a clases.

Al entrar a la secundaría los sueños eran ligeramente más soportables y el descanso de una mejor calidad. Aunado a esto, el descubrimiento del opio dio como resultado un sueño más profundo, pero no reparador.

Así pasó mi adolescencia, entre mi adicción y la escuela, no prestaba atención a la calidad de mis sueños ni a la cantidad de horas que dormía por día.

Pero no estoy aquí para hablar de mis sueños ácidos ni de mis adicciones. Escribo esto para justificar mi existencia esta noche. Una noche más en la que mis ojos se niegan a permanecer cerrados, una noche en la que mi cuerpo extraña un cuerpo en particular y no por el sexo (que es un preámbulo excelente para el verdadero acto de amar), si no por el increíble hecho de que estando con Ella, puedo dormir sin pesadillas y abrazado a una esperanza.

Sí, ya sé que suena cursi y barato, pero es la verdad, lo juro. Con Ella recostada junto a mí, con su cuerpo entrelazado al mío y su alma desnuda frente a mis ojos puedo olvidar mi miedo a la noche.

Es por su ausencia que escribo estas líneas, porque hoy Ella está lejos y por más que he intentado dormir me resulta imposible, porque sin su aliento junto a mi boca tengo pavor de que las pesadillas regresen y tenga que visitar de nuevo al psicólogo para convencerme de fingir que duermo bien por las noches.

Sea como sea, no puedo dejar que la impaciencia me gane esta partida y creo que ya va siendo tiempo de enfrentar la soledad de mi cama y los miedos que habitan en mi cabeza...

domingo, 3 de mayo de 2009

Quisiera volar.

Un día cualquiera decido echar a volar. No tengo rumbo, sólo el deseo de escapar. El eterno deseo de huir. ¿Huir? ¿De qué? ¿De quién?.

No comprendo qué es lo que me alienta a seguir adelante aún cuando no veo el camino, cuando parece que mis esperanzas y sueños se han perdido o roto contra el frágil cristal de la realidad. Una realidad-prisión.

Es por eso que nunca estoy satisfecho, que muero a diario y en cada momento. Morir es el último escape, pero nunca es definitivo. Después de una pequeña muerte siempre hay una larga vida por delante.

La muerte como metáfora de la libertad total, donde ya no hay un cuerpo que te encadene a sus necesidades y la sociedad y sus reglas carecen de todo sentido. Pero no puedo, no soy tan valiente. Todavía no estoy listo para la muerte real.

Prefiero cerrar los ojos, ignorar el sentido práctico de las cosas y encerrarme en el ideal. Siempre en el ideal, en esa cueva obscura y reconfortante donde cualquier cosa es posible, donde las reglas se violan a si mismas para crear una regla nueva que durará lo mismo que un parpadeo.

Sólo en ese mundo puedo ser yo, ahí todos mis miedos se mezclan con mi curiosidad para formar un ente nuevo y maravilloso que no alcanzo a descubrir del todo, pero sé lo que es: un hombre.

Nunca habla, pero le conozco, teme y se avergüenza y a veces llora. Llora con mi llanto y me deja seco. En ocasiones también ríe, pero eso yo no lo comprendo. No es que yo no ría, es que no entiendo como un hombre tan triste puede reír.

Hay días en los que me dedico a observarlo, es cuando más sufre, no soporta que le miren, quiere estar sólo con su infinita tristeza. Quiere lo mismo que yo quiero, que lo dejen en paz. Pero no puedo, su rostro me es tan familiar, su cuerpo tan conocido y su dolor tan propio.

Espero el día que se levante y que de su espalda surjan alas que le lleven lejos, más allá de mis sueños, el momento que decida regresarme de un golpe mis temores para salir volando hacia la libertad, el instante preciso que me mire sin compasión y sin odio para disolverse en el aire.

Espero ese día, ese momento y ese instante para aprender de él. Para poder ir más allá de tus sueños, para regresarte con un beso tus temores y volar hacia la libertad, para mirarte sin compasión y sin odio y así disolverme en el aire.