jueves, 30 de abril de 2009

UNA VEZ MÁS

Hoy quisiera escribir que todo va bien, pero estaría mintiendo.
No soy un quejoso por oficio, pero si por costumbre. Cuando hago planes y estos no resultan (hecho casi irremediable), mi cabeza se llena de imágenes que muestran mis fracasos en un orden asombrosamente cronológico. Es entonces que surgen las siguientes dudas.
¿Por qué la mente se empeña tanto en recordarme lo estancado que estoy? ¿Será que me sucede sólo a mí, o es un mal general? ¿Llegaré a algún lado haciéndome estas preguntas?
Cansado de dar vueltas y vueltas sobre las mismas cosas y a sabiendas que no llegaré a ninguna parte, tomo los eventos de mi vida como el paso cotidiano del tiempo sobre mi cuerpo y echo a andar sin saber bien si he dado un paso hacia adelante o si sólo estoy esperando a que algo extraordinario me suceda.

DESPUÉS DE LA GUERRA

Ahora, acobardado, aquí, sin descanso,
las paredes tiemblan y mi rostro suda,
encerrado por voluntad impropia,
olvidado por cómoda melancolía.

Espero lo peor para levantarme,
unir los trozos que se me han roto entre las manos
y construir una nueva estatua de ceniza y polvo,
de dicha y soledad, de ti sin mí, de gracia plena.

Aparto los miedos de mis dudas,
el sabor de lo incierto siempre ha sido dulce
y avanzo porque no hay otra forma de moverse,
retroceder es igual a sepultarme entre las ruinas.

La guerra que devasta el alma es la peor de todas,
las batallas diarias y sin cuartel
dejan siempre una estela de sueños muertos,
de presentes incomprensibles, de llanto seco
y tristezas que petrifican cualquier esperanza.

No queda nada en pie,
todo son sombras y vestigios,
amargos intentos de sobrevivir
en un mundo que ya no es nuestro.

La colisión ha resultado en aislamiento,
en dos soledades que ya no pueden ser compañía,
en un sálvese quien pueda hiriendo a cuantos deba,
en un vacío alimentado de ausencias.

Isaac Romero
Cuidad de México, 2008

EL DÍA MENOS PENSADO

El espejo proyecta extrañas sombras
de lo que nunca fui,
Y el veneno corre lento por mis pulmones,
Pero mi muerte,
La real,
Tocará a mi puerta
El día menos pensado.

Isaac Romero
Ciudad de México, 2006
No diré lo mismo que otros,
no diré una palabra,
quiero decir nada,
guardar silencio y dormir.

No hablaré más,
no tengo que decir,
mi cerebro está seco,
lleno de fantasmas que le gritan:
- ¡Escribe pseudopoeta!
con tal furia que hacen que me revuelque en la cama
para despertar gritando de dolor,
llorando de remordimiento
porque las palabras se me perdieron en el aire
y no sé como recuperarlas...

Es por eso que no quiero hablar,
que no quiero decir nada.
para escribirlo todo
y reírme de la muerte
y llorar mi vida
para dormir en paz
y por siempre...

Isaac Romero
Ciudad de México, 2006

viernes, 24 de abril de 2009

COMO NUNCA LO HE HECHO

Despierto pensando que ya no puedo estar junto a ti. Entonces recuerdo todas las cosas que hemos pasado juntos: la primera vez que te vi, tu figura cortándose contra el mundo que parecía detener su marcha para contemplarte, mi sonrisa estúpida al ofrecerme como acompañante de tu destino, la mirada incisiva y tu voz firme al decir no.

Pasan por mi memoria, uno tras otro, mis intentos fallidos de cortejarte, las rosas sin ningún motivo, los poemas cursis, las llamadas a deshoras, incluso mis labios parecen sentir de nuevo ese beso forzado que marcó mi aparente triunfo.

Recuerdo la tarde que se convirtió en madrugada, mientras nos revolvíamos sobre las sábanas grises de aquel mullido hotel al que nunca volvimos, la desesperación con la que robaba tus besos, la furia de tus uñas resbalándose sobre mi espalda y el dolor placentero que me provocaban tus dientes al morder mis labios.

Tengo presentes cada uno de tus gestos, tu andar altivo y esa mirada arrogante que desataba mi deseo.

Te evoco sentada a la mesa, tomando una taza de café después de haber terminado nuestra primera mudanza. Esa noche el sudor resbalaba por tu frente, respirabas profundo, tratando de encontrar el sitio correcto para cada cosa. Y es que en tu mundo todo debía estar en su lugar; sin cabida al azar o a los accidentes.

Por eso peleamos casi siempre, por eso me llamas tu accidente dichoso. Porque yo siempre fui caos hasta conocerte, después sólo desorden programado.

Miro atrás y ya no encuentro un momento en el que no estés. Siempre unidos a pesar de la distancia de nuestros pensamientos.

Me amas, eso lo sé. Sin embargo, continúo despertándome por las noches, sintiendo esta rabia inmensa, buscando las palabras para decirte que me voy, que no puedo seguir contigo; pero no encuentro un error tuyo que justifique mi miseria.

Todo lo anterior lo digo sin reproche ni amargura. Es sólo la maldita tristeza que llevo desde hace tiempo y que no comprendo.

Me incorporo en la cama, respiro despacio. He decidido hablar, pero justo en ese momento abres los ojos y todavía adormilada sólo atinas a sonreír mientras dices en voz baja y casi sugerente: “Ven. Acércate que quiero despertar desde hoy y para siempre entre tus brazos” .

Yo no tengo más remedio que coger mi cobardía por almohada y repetirme una vez más que sólo ha sido un mal sueño, que al salir el sol volveré a amarte como nunca lo he hecho.

Isaac Romero Hernández

Ciudad de México,

Mayo 2008 – Febrero 2009

SEGÚN EL PLAN

Ella entró en la casa y subió la escalera. Era más de media noche. Sabía que él estaría ahí. Prendió el foco del pasillo y entreabrió la puerta de su recámara apenas lo necesario para no tropezar en la penumbra.

El cansancio la hundió en un dulce letargo.

Fijó la mirada en el frasco de pastillas que le había cambiado la noche anterior. Se recostó junto a él y lo abrazó suavemente, como si temiera despertarlo.

Entregada a su ensoñación no le importó la rigidez que mostraban las extremidades de su pareja. Tampoco el amoratamiento de los labios, ni la falta de respiración.

Lo importante era que ella estaba a su lado, esbozando una sonrisa, mientras el calor amable de aquél cuerpo se extinguía lentamente.

Isaac Romero

Ciudad de México, 2005


BESO NEGADO

Tras la puerta que hay en mi alma un día apareció, y con voz dulce y retadora dijo:

“Puedo llevarte lejos del dolor, de tu tristeza. Puedo llevarte lejos si lo deseas, hacerte vencedor del miedo que devora tus entrañas y del olvido de tus iguales, que son tan diferentes a ti. Puedo librarte del martirio de ver la luz y perderte en la obscuridad. ¡Te vengo a mostrar la libertad!”.

Lentamente me tomó de la mano y me acercó hasta tenerme apresado entre sus brazos. Pude ver de cerca sus ojos, colmados de amor y de soledad, tranquilos y húmedos. Llenos de lágrimas. Después contemplé sus labios tiernos y vírgenes, ansiosos de un beso siempre negado.

El frío que su cuerpo me transmitía, su cabello negro y enredado lo aliviaba y mi mente se perdió entre esa mar de sueños e ilusiones rotas.

Me sentí invadido por una euforia que jamás había experimentado. Comencé a flotar entre mis ropas; dejaba de ser sólo carne y huesos articulados. Era realmente libre, perdí de vista el suelo y el mundo: volaba entre mis fantasías. Una a una se iban haciendo reales y tan densas que tenía que escapar hacia una nueva para acabar siempre en ese mar que curaba todo.

El miedo y los fantasmas de la contradicción estaban muy lejos. Todo parecía ser perfecto, sin dolor ni angustia, sin pena, y el dulce olvido invadiendo cada uno de mis sentimientos. Entonces vi de nuevo sus ojos deseosos de una simple mirada de amor, y sus labios colmados de amargura dulce y tierna. Comencé a acercarme lentamente, queriendo tomar entre mis manos su cara y besarle lleno de agradecimiento; era ella a quien siempre había esperado.

Desde el comienzo de mis días nunca experimenté la felicidad. Nunca, hasta ese momento, había sentido tranquilidad en mi alma y mis entrañas.

En el momento que estaba por rozar sus labios, un golpe en el pecho me derrumbó a sus pies, ella asustada y confundida retrocedió, <<¡No te alejes, no me dejes!>> Gritaba yo angustiado mientras otro golpe sacudía mi corazón. Ella comenzó a correr y, ya sin fuerza para levantarme, sufrí un tercer golpe y me conforme con ver como se alejaba de mí todo lo que me ofreció.

Entonces lo comprendí, había fallado. Sin duda, alguien me vio hundirme en el lago y logró rescatarme; en torno mío escuchaba las voces de los médicos que se felicitaban unos a otros por no permitirme morir.

Desde ese día estoy encerrado aquí, vigilado, preso, esperando el momento exacto para encontrar a mi amada, a esa que los doctores alejaron cuando estaba apunto de besar…

Isaac Romero

Ciudad de México, 2004