jueves, 24 de septiembre de 2009

CAMINO A LA SOLEDAD

Caminar, salir a pasear sin un rumbo sobre las aceras mojadas por la lluvia para comprobar que no es sólo la humedad del alma la que entristece el ambiente. Así de simple. Caminar como quien pretende tener la fuerza suficiente de ver su reflejo en los charcos y de sonreír a los demás transeúntes con la misma triste y gastada máscara de la hipocresía, de la cotidianidad hecha rostro.
Perderse horas entre las calles por la estúpida creencia de que es mejor moverse, aunque no se tenga rumbo, que quedarse tirado mojando con un llanto inútil la almohada que tiempo atrás sirvió como cuna de un descanso ahora negado, extinto.
Andar y andar como si de esta forma se pudiera ignorar el paso del tiempo que con más costumbre que gozo nos va arrastrando a la tumba. Ese tiempo maldito que en su marcha va devorándonos los recuerdos y las alegrías, dejando a cambio sólo la nostalgia de los ayeres desperdiciados entre la costumbre y el miedo.
Pero el camino que no va a ninguna parte es el que acaba más pronto, pues uno no sabe andar sin dirección, se está ya tan acostumbrado a las rutinas que apenas si ponemos un pie fuera de ellas, un mar de sombras invaden nuestra cabeza llenándonos de terrores, de incertidumbre, de cobardía. Es entonces que uno emprende la vuelta a casa, a ese lugar nebuloso que supone la seguridad del hábito y la monotonía.
El peregrinar se transforma en una marcha funesta y cruel que sólo sirve para recordarnos todo aquello que queríamos olvidar. Se van recolectando uno a uno los cadáveres de las pequeñas esperanzas que nos lanzaron a la calle y se cae en la cuenta que hemos perdido más que el tiempo. Hemos perdido un trozo más de nosotros mismos.
Al final, uno vuelve a la casa de la que no debió salir nunca, a la almohada que sedienta espera nuestras lágrimas, a la tristeza enorme que de a poco se va convirtiendo en una angustia que presiona el pecho hasta el punto de sofocarnos. Entonces uno se saca esa máscara de idiota que a veces se confunde con nuestro rostro, se desembaraza el cuerpo de las ropas y nos dejamos caer en los brazos de la soledad, la única amante sincera y fiel, la única amante real.

Isaac Romero
22 de septiembre 2009

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