jueves, 7 de mayo de 2009

LA VIDA

Hace mucho tiempo que no miraba por la ventana. Años atrás era común que pasara la tarde espiando la calle con la ingenuidad de quien cree que afuera es donde se oculta la vida. Así lo creía yo.
Me gustaba observar el movimiento de las hojas de los árboles en su bailar nostálgico con el viento, la prisa con la que los peatones recorrían las aceras sin sospechar que yo, desde la seguridad de mi ventana, les observaba como un dios que creaba historias nuevas a partir de ellos.
Sí, para mí la vida estaba allá afuera, en los gestos de fatiga de la señora que volvía por tercera ocasión del mercado cargando una bolsa repleta de vegetales, en ese niño que disfrutaba pasar con su bicicleta entre los charcos de agua que la lluvia dejaba tras su paso, en el anciano que cada tarde salía con su silla de ruedas a tomar una siesta bajo el sol, en la pareja que caminaba abrazada sin pensar en otra cosa que en su felicidad, en la niña que regresaba a casa llorando con un raspón en la rodilla, en los esposos que jugaban a engañarse mutuamente y con descaro, en el borrachito que pasaba la noche tirado junto al faro de luz, en el joven que caminaba junto a su perro por las tardes, en los niños que jugaban al fútbol mientras no circularan carros...
Sí definitivamente la vida estaba allá, donde yo no me atrevía a estar, donde mis temores dictaban que era mejor la seguridad del hogar.

Con los años, los gestos de la señora al regresar del mercado se volvieron aterradores, su rostro no sólo reflejaba la fatiga del día, si no de toda una vida rutinaria y monótona. El niño creció y dejó de jugar con su bicicleta, el anciano murió sin que yo me percatara de ello hasta tiempo después, la pareja que solía ver como personificación del amor y la felicidad había terminado por dejarse tras una discusión llena de reproches y lágrimas, la niña lloraba esta vez por una desilusión amorosa, los esposos infieles se reconciliaron y dejaron que la costumbre empañara su pasión, el borracho buscó otra esquina donde dormir, el joven y su perro cambiaron de casa, los niños ya no eran niños y preferían beber cerveza afuera de una tienda que patear el balón. La vida que conocía dejó de existir, yo mismo descubrí que había crecido, y que ya no tenía sentido observar por la ventana.

Mi adolescencia pasó sin que yo me percatara bien de ella, aislado la mayor parte del tiempo,terminé por convertirme en una especie de autómata que asistía a la escuela por obligación, y al que sólo consolaban los libros.
Al descubrir la literatura, creí haber encontrado el sitio donde la vida corrió a esconderse. De nuevo estaba observando las historias de otros desde la seguridad que suponía mi casa.
Cuando entré a la preparatoria mi comportamiento melancólico y poco amigable causó burlas y atropellos a los que no prestaba mucha atención, la vida estaba en mis manos, o al menos eso creía y lo seguí creyendo hasta que salí de la universidad, hasta que apareció Ella.
Debido a mi carácter nunca tuve muchos amigos, los que poseía no entendían mi obsesión por los libros, pero me respetaban. Sí, había sufrido los descalabros normales que suponen las relaciones de pareja, pero ninguno fue realmente significativo. Mis sueños y aspiraciones estaban en otro lado, estaban en seguir observando la vida sin dejar que esta me tocara.

Ella vino a cambiar todo. Yo sabía el significado de las palabras pasión, amor, deseo, celos, ansiedad, ira... pero nunca los había experimentado. Hasta ese punto, las únicas emociones que había sentido eran la angustia y la soledad.
No contaré aquí una historia de amor, básteme decir que Ella vino a quitarme el paño con el que felizmente me había cubierto los ojos años atrás y me mostró el mundo del cual yo venía huyendo. El mundo donde yo era un personaje vivo y no un observador.

Ahora mis temores son mayores que antes, la angustia tomó una dimensión impensable. Reconocí de un golpe la monotonía de mi propia existencia, la carencia de anhelos que gobernaba mi voluntad y el vacío que siempre presentí, pero que no me atrevía a enfrentar.

Hoy vuelvo a mirar por la ventana y reconozco que la vida no está allá afuera. Observo con atención mis libros y comprendo que tampoco es allí donde se esconde. En este momento me doy cuenta que la vida está dentro de mí y tengo miedo, un miedo real a que mi vida no sea más que la repetición de una triste historia ya contada mil veces, que no sea más que el cliché del escritor que a los cuarenta se siente harto de su miserable existencia por que se da cuenta que está solo; porque al mirar por la ventana de su vida no encuentra más que su Ego retorciéndose de dolor ante su incapacidad de amar. Me niego a envejecer buscando en lo que otros poseen lo que yo dejé escapar.
Quizá por eso miro por la ventana, pues sólo es cuestión de minutos para que Ella llame a la puerta y llene mi alma con su sonreír.

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