lunes, 4 de mayo de 2009

INSOMNIO

Hay padecimientos que cargo desde pequeño, uno de ellos – quizá el más molesto y antiguo – es el insomnio.

Pocas veces, desde que recuerdo, he conseguido dormir profundamente y de manera reparadora. Cuando niño era casi inevitable que despertara llorando y completamente asustado en mitad de la noche debido a mis pesadillas. Noche tras noche era la misma escena: un grito de auxilio que despertaba a mis padres, mi madre intentando tranquilizarme y mi padre enfurecido tratando de encontrar un remedio a la situación.

El único “ remedio” que encontraron fue enviarme al psicólogo (esto, muy a pesar de la poca fe que mi padre tiene en la psicología y a la vergüenza que sentía mi madre ante el hecho de que su único hijo fuera visto como un loco en potencia). Como era de esperarse, el resultado fue una aparente cura . No es que yo dejara de tener pesadillas, es que mi repulsión ante ese ser que cada tercer día me observaba como si yo fuera un juguete para armar y mover a su antojo era tan grande que decidí fingir que no pasaba nada y aprender a guardar silencio por las noches.

Así dormía algunas horas, hasta que un sobresalto me despertaba, después conciliar el sueño era un acto casi imposible. Me acostumbre a mirar el amanecer a través de la ventana de mi cuarto, a levantarme antes que todos en la casa con la justificación de que quería llegar temprano a clases.

Al entrar a la secundaría los sueños eran ligeramente más soportables y el descanso de una mejor calidad. Aunado a esto, el descubrimiento del opio dio como resultado un sueño más profundo, pero no reparador.

Así pasó mi adolescencia, entre mi adicción y la escuela, no prestaba atención a la calidad de mis sueños ni a la cantidad de horas que dormía por día.

Pero no estoy aquí para hablar de mis sueños ácidos ni de mis adicciones. Escribo esto para justificar mi existencia esta noche. Una noche más en la que mis ojos se niegan a permanecer cerrados, una noche en la que mi cuerpo extraña un cuerpo en particular y no por el sexo (que es un preámbulo excelente para el verdadero acto de amar), si no por el increíble hecho de que estando con Ella, puedo dormir sin pesadillas y abrazado a una esperanza.

Sí, ya sé que suena cursi y barato, pero es la verdad, lo juro. Con Ella recostada junto a mí, con su cuerpo entrelazado al mío y su alma desnuda frente a mis ojos puedo olvidar mi miedo a la noche.

Es por su ausencia que escribo estas líneas, porque hoy Ella está lejos y por más que he intentado dormir me resulta imposible, porque sin su aliento junto a mi boca tengo pavor de que las pesadillas regresen y tenga que visitar de nuevo al psicólogo para convencerme de fingir que duermo bien por las noches.

Sea como sea, no puedo dejar que la impaciencia me gane esta partida y creo que ya va siendo tiempo de enfrentar la soledad de mi cama y los miedos que habitan en mi cabeza...

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