jueves, 30 de abril de 2009

DESPUÉS DE LA GUERRA

Ahora, acobardado, aquí, sin descanso,
las paredes tiemblan y mi rostro suda,
encerrado por voluntad impropia,
olvidado por cómoda melancolía.

Espero lo peor para levantarme,
unir los trozos que se me han roto entre las manos
y construir una nueva estatua de ceniza y polvo,
de dicha y soledad, de ti sin mí, de gracia plena.

Aparto los miedos de mis dudas,
el sabor de lo incierto siempre ha sido dulce
y avanzo porque no hay otra forma de moverse,
retroceder es igual a sepultarme entre las ruinas.

La guerra que devasta el alma es la peor de todas,
las batallas diarias y sin cuartel
dejan siempre una estela de sueños muertos,
de presentes incomprensibles, de llanto seco
y tristezas que petrifican cualquier esperanza.

No queda nada en pie,
todo son sombras y vestigios,
amargos intentos de sobrevivir
en un mundo que ya no es nuestro.

La colisión ha resultado en aislamiento,
en dos soledades que ya no pueden ser compañía,
en un sálvese quien pueda hiriendo a cuantos deba,
en un vacío alimentado de ausencias.

Isaac Romero
Cuidad de México, 2008

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