viernes, 24 de abril de 2009

COMO NUNCA LO HE HECHO

Despierto pensando que ya no puedo estar junto a ti. Entonces recuerdo todas las cosas que hemos pasado juntos: la primera vez que te vi, tu figura cortándose contra el mundo que parecía detener su marcha para contemplarte, mi sonrisa estúpida al ofrecerme como acompañante de tu destino, la mirada incisiva y tu voz firme al decir no.

Pasan por mi memoria, uno tras otro, mis intentos fallidos de cortejarte, las rosas sin ningún motivo, los poemas cursis, las llamadas a deshoras, incluso mis labios parecen sentir de nuevo ese beso forzado que marcó mi aparente triunfo.

Recuerdo la tarde que se convirtió en madrugada, mientras nos revolvíamos sobre las sábanas grises de aquel mullido hotel al que nunca volvimos, la desesperación con la que robaba tus besos, la furia de tus uñas resbalándose sobre mi espalda y el dolor placentero que me provocaban tus dientes al morder mis labios.

Tengo presentes cada uno de tus gestos, tu andar altivo y esa mirada arrogante que desataba mi deseo.

Te evoco sentada a la mesa, tomando una taza de café después de haber terminado nuestra primera mudanza. Esa noche el sudor resbalaba por tu frente, respirabas profundo, tratando de encontrar el sitio correcto para cada cosa. Y es que en tu mundo todo debía estar en su lugar; sin cabida al azar o a los accidentes.

Por eso peleamos casi siempre, por eso me llamas tu accidente dichoso. Porque yo siempre fui caos hasta conocerte, después sólo desorden programado.

Miro atrás y ya no encuentro un momento en el que no estés. Siempre unidos a pesar de la distancia de nuestros pensamientos.

Me amas, eso lo sé. Sin embargo, continúo despertándome por las noches, sintiendo esta rabia inmensa, buscando las palabras para decirte que me voy, que no puedo seguir contigo; pero no encuentro un error tuyo que justifique mi miseria.

Todo lo anterior lo digo sin reproche ni amargura. Es sólo la maldita tristeza que llevo desde hace tiempo y que no comprendo.

Me incorporo en la cama, respiro despacio. He decidido hablar, pero justo en ese momento abres los ojos y todavía adormilada sólo atinas a sonreír mientras dices en voz baja y casi sugerente: “Ven. Acércate que quiero despertar desde hoy y para siempre entre tus brazos” .

Yo no tengo más remedio que coger mi cobardía por almohada y repetirme una vez más que sólo ha sido un mal sueño, que al salir el sol volveré a amarte como nunca lo he hecho.

Isaac Romero Hernández

Ciudad de México,

Mayo 2008 – Febrero 2009

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